OFICIOS DE MADRID (II): Los barquilleros

Antigua postal de barquillero (Madrid, Hauser y Menet , nº 429). Fuente: todocoleccion.net

En esta nueva entrada vamos a conocer a un personaje muy popular y castizo de Madrid. Se trata del barquillero, encargado de vender barquillos en plazas y parques, siendo muy habitual su presencia en ferias y verbenas así como entre otros lugares típicos de nuestra ciudad como iremos viendo.

El oficio de barquillero fue una actividad ambulante, dentro del gremio de la repostería, que favorecía el sostenimiento económico de las familias.

Barquillero de Madrid. Foto: artesanialos8gatos.com

Los barquilleros salían a la venta cargados con el bombo (barquillera) sobre sus espaldas y una cesta de mimbre, y se posicionaban en los puntos de mayor afluencia donde se encontraban los ciudadanos de paseo, de fiesta, en ferias o romerías, llamando la atención de niños y mayores a saborear el rico barquillo.

Julían Cañas, barquillero de Madrid. Foto: el mundo.es

En general, iban tocados con gorrilla, blusón azul oscuro o rallado y alpargatas. En las verbenas era distinto. Se vestían de chulapos. Parpusa, safo al cuello, camisa blanca con los puños vueltos, chaleco y pantalones de cuadros o pata de gallo e iban deambulando por las calles de Madrid, vociferando su posible venta: “Al rico barquillo para el niño y la niña…! ¡Barquillos de canela y miel, que son ricos para la piel!”.

Además los barquilleros llevaban sobre su barquillera una ruleta en la que los compradores podían probar suerte. El juego consistía en dar vueltas a una rueda que apuntaba a diferentes números. Si había varios participantes, el que sacaba la cifra menor, pagaba todos los barquillos. Si era una sola persona, pagaba unas monedas y tenía derecho a llevarse un barquillo en cada jugada, salvo cuando caía en la casilla del clavo, en cuyo caso perdía todo lo ganado.

Del origen del barquillo, como producto para endulzar, se remonta documentalmente a los siglos IX y XII. Sabemos que se vendía en la puertas de las iglesias, donde se elaboraban en hornos portátiles de carbón.

Variedad de barquillos. Foto: Mundobarquillo.com

Más tarde se empezaron a hacer en los obradores de dulces, también en las panaderías y en alguna buñolería. Consistía en una hoja delgada de pasta de harina a la que no se le echaba levadura. Llevaba azúcar o miel. Se aromatizaba con canela y se ponía en moldes calientes en forma de barco, de ahí su nombre original de barquillos. Después se fue imponiendo el formato de canuto.

Barquillos, ruleta y moldes. Foto: http://gdegastronomia.es

Multitud de historias y personajes muy ligados al barquillo han aparecido en nuestra ciudad. De hecho, es típica y muy castiza la figura del barquillero, presente en ocasiones y en fiestas señaladas.

Barquillero. Foto: barquillerosdemadrid.es

Y como no podía ser también se ha subido a las tablas, sirviendo de inspiración a letristas y compositores. De hecho, se hizo sujeto imprescindible en las zarzuelas. Dicen que los barquilleros eran originalmente de Embajadores, vecinos de cigarreras y “manolos”. Así lo dicen ellos mismos en la zarzuela “Agua, azucarillos y aguardiente”. Hay otra zarzuela dedicada a este gremio llamada “El barquillero”, con música de Ruperto Chapí.

Amparo Taberner en “El barquillero”. Foto: Wikipedia

Durante los siglos XVI y XVII parece que principalmente los golfillos se empleaban en las tareas de vender barquillos. Por aquellos tiempos la venta de los barquillos era un negocio muy rentable, los alcaldes recomendaron no vender por las calles entre otros dulces y golosinas, los barquillos “so pena de cien azotes y dos años de destierro”.

No han desaparecido del todo los barquilleros. Todavía siguen paseando por algunos parques de Madrid, pero sobre todo las verbenas, las fiestas de los barrios más castizos. Han sido, sin duda, personajes dulzones de un Madrid romántico, reclamo de ojos infantiles, perfume de canela para aromatizar verbenas, ornamento imprescindible del Madrid más entrañable.

Actualmente en Madrid, solo existe un barquillero, Julián Cañas, descendiente directo de una familia de barquilleros castizo. Hoy se le puede ver deambulando por el Rastro, el Retiro, el Palacio de Oriente, y en las fiestas típicas de Madrid (San Isidro, la Paloma, San Cayetano…). Orgullosos de ser quien es, de haber recibido el legado más valioso de manos de su padre, el oficio de barquillero.

Vecino rodeado por barquillero, limpiabotas y dos vendedores ambulantes de corbatas. Foto: Suspiros por Madrid

Su actividad está destinada a desaparecer como todas aquellas ventas ambulantes de productos tradicionales con un costoso coste de elaboración y un bajo precio de venta. El no ser una profesión viable no tiene por qué ser motivo para desaparecer estas artesanas tradiciones y quedarse este producto solo en fabricación industrial sin darnos la posibilidad de poder contemplar la figura del barquillero haciendo felices a niños y mayores con el grupo de la ruleta que nos dará de premio los ricos barquillos.

Debemos mantener esta tradición, para seguir oyendo esa voz: ¡Al rico barquillo de canela para el nene y la nena, son de coco y valen poco, son de menta y alimentan, de vainilla ¡qué maravilla!, y de limón que ricos, que ricos, ¡que ricos que son!

 


Bibliografía y Recursos electrónicos

 

 

 

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