La PLAZA MAYOR de Madrid

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Una de las aportaciones más singulares del urbanismo español a la historia de la ciudad, se encuentra en la Plaza Mayor.  Sus orígenes y definición no son del todo claros hasta los años finales de la Edad Media, siendo desde el siglo XVI una realidad urbana, dando lugar a un gran número de modelos y variantes, hasta llegar al siglo XIX, con la que se cierra este original episodio.

El deseo de dotar a la ciudad de una plaza regular es de muy antiguo y su elemental geometría supone el deseo de racionalizar el espacio con beneficio de sus funciones y mejora de sus condiciones estéticas.

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Además de su función defensiva, entendida como “plaza de armas”, en la Edad Media conoció la aparición y desarrollo de las “plazas de mercado”. Por regla general, éstas solían situarse fuera de la ciudad y delante de las puertas de la muralla, dado el poco espacio existente, en muchos casos, en el interior.

Aquellos mercados, tan preciados por lo que suponía de riqueza y actividad para la ciudad, fueron -en un principio- meros espacios abiertos donde exponer y vender la mercancía, pero según fue desarrollándose la actividad mercantil se fue perfilando un tipo de plaza de ordenada arquitectura en la que los pórticos formaban parte inseparable de ella. Uno de los casos mejor conocidos de la Edad Media hispana, en la que el mercado se celebraba fuera de la ciudad, es el caso de León.

Situación parecida es la que se dio en Madrid en la antigua “plaza del Arrabal”, dispuesta más allá de la muralla, llamada también del Mercado, de irregular aspecto y arquitectura, que acabará siendo la Plaza Mayor. En ella se vendía pescado, carne y otros muchos productos de alimentación y consumo, así como artículos de género muy distintos que agrupándose por especies y oficios irían dando nombre a las calles inmediatas.

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Lo más característico de estas soluciones porticadas es que en Castilla se solían resolver de una forma muy sencilla, con una estructura adintelada de madera a base de pies derechos, que más tarde serían sustituidos por columnas o pilares de piedra, sobre las que se apoya una arquitectura de cargamentos y vigas también de madera que, en muchas ocasiones, fueron objeto de las llamas. Ello, unido a la paulatina sustitución de sus elementos en el tiempo, harán que no hayan llegado hasta nosotros plazas medievales en su arquitectura, aunque el espacio urbano se configurase en ese momento.

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Por el contrario, en tierras de Aragón, Cataluña y Levante son muy comunes las plazas de mercado con soportales formados por arcos de piedra sólidos y desiguales. Ningunas de ellas deben ser anteriores a los últimos años del siglo XIV o a comienzos del XV, siendo el caso de Aínsa (Huesca), uno de los más representativos.

Hasta aquí se deduce que la Plaza Mayor fue utilizada como plaza de armas y de mercado, pero no debemos olvidar que fue también el escenario de ejecuciones públicas. Aquí se solía celebrar los autos de Fe de la Inquisición.

Además, sabemos que sirvió como teatro de otras muchas funciones, entre las que habría que incluir todo tipo de espectáculos públicos como procesiones religiosas y gremiales, entradas y bodas reales, torneos, juegos de cañas, comedias, autos sacramentales, etc., pero fueron las corridas de toros las que dieron a la plaza su más hondo significado.

Desde el siglo XVI, las Plazas Mayores sirvieron para correr toros, desde las más importantes como las de Madrid, Toledo, León o Salamanca, hasta las más modestas y irregulares como Pedraza (Segovia), Chinchón y Colmenar de Oreja (Madrid), etc. Algunas Plazas Mayores como las de Tembleque (Toledo) y San Carlos del Valle (Ciudad Real), se disponen formando balcones corridos, con soluciones que parecen haber tomado algunos elementos del corral de comedias.

En función del espectáculo que se diera en estas Plazas, fue aumentando, poco a poco, el número de huecos y balcones. Pero al mismo tiempo, la necesidad de disponer de un lugar de honor para ver los festejos, dará lugar a la aparición del balcón municipal.

Por último, y sin poder agotar el múltiple significado que la Plaza Mayor ha tenido a lo largo de su historia, hemos de añadir el principal carácter, que comúnmente ha tenido este ámbito como espacio público pero propio de la ciudad, en la que el concejo municipal se hace presente con la construcción allí de la Casa Consistorial. Ello se hizo común especialmente a partir del siglo XVI cuando se pusieron en práctica anteriores disposiciones reales, como la dictada por los Reyes Católicos, en 1480, ordenando construir edificios de Ayuntamiento que sustituyeran con nobleza antiguos lugares de reunión. Ello representaba, sin lugar a dudas, la afirmación del creciente poder municipal cuyo edificio concejil se convertiría en el exponente de la pujanza de la villa.

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Desde entonces fue práctica común levantar el Ayuntamiento en la Plaza Mayor, aunque tenga numerosas excepciones, como sucede en Madrid, donde el Ayuntamiento se encuentra en la antigua plaza de San Salvador -hoy de la Villa-, mientras que la Plaza Mayor está presidida por la Real Casa de la Panadería, que por una parte habla del peso de la presencia del rey en la Villa y Corte, al tiempo que nos hace reconocer en la Panadería el uso de su fachada como un extraordinario mirador real. Al mismo tiempo, otras dependencias y servicios municipales o relacionados con la justicia, se encontraban o bien en el mismo edificio o en otro inmediato como la cárcel, o las escribanías, etc., de tal forma que la Plaza Mayor fue adquiriendo, progresivamente, un carácter cada vez más municipal y representativo del poder local.

A partir del siglo XVI, vamos a ver el despegue decidido de la nueva Plaza Mayor, tal y como se conoce hasta el siglo XIX. En esta centuria se dieron toda una serie de circunstancias históricas, económicas y estéticas que formalizaron la Plaza Mayor, tal y como convenía a la España del Siglo de Oro, y tal y como se llevó a América como pieza emblemática del proceso colonizador.

En España, contamos con un ejemplo significativo, coincidiendo con el reinado de Felipe II, en la segunda mitad del siglo, como es el caso de la Plaza Mayor de Valladolid, considerada como la primera de las plazas monumentales españolas. En ella vemos la regularidad de sus fachadas, con soportales adintelados y viviendas de tres pisos, que servirá de modelo para la arquitectura de las calles aledañas, creando un continuo urbano destacado.

Aunque no pueda compararse con esta plaza vallisoletana, a estos años pertenecen los primeros estudios y tanteos para la realización de la Plaza Mayor de Madrid. En estas obras aparece el nombre de Juan de Herrera, arquitecto de Felipe II, quien quiso introducir en la arquitectura de las plazas un orden nuevo, mucho más riguroso que el simple equilibrio realizado en la plaza de Valladolid, lo que hará que recuerde aún más, en su carácter, a sus antecedentes medievales. Aquí, en Madrid, Herrera realizó unos dibujos iniciales (1581) con el fin de regularizar la plaza del Arrabal en dos de sus lados, formando una escuadra y prolongando la solución porticada ante las nuevas fachadas. Las obras comenzaron en 1590, en la que se llevó a cabo la construcción de la Casa de la Panadería, pero la repentina muerte del arquitecto (1597), y del rey (1598), así como la decisión de trasladar la Corte a Valladolid (1601-1606) determinaría la paralización de las obras.

Habrá que esperar a la etapa más importante de la historia de la Plaza Mayor, la que corresponde a los siglos XVII y XVIII, tras el regreso definitivo de la Corte -reinando Felipe III-, para que se inicie la construcción de la nueva Plaza Mayor de Madrid, según el proyecto trazado por el arquitecto Juan Gómez de Mora (1617). La obra se llevaría a cabo en un tiempo muy breve, pero poco tiempo después, en 1631, sufriría un incendio, lo que determinaría la necesidad de emprender nuevas obras sin tener que modificar sustancialmente su estado anterior. Su planta dibuja un rectángulo, y los lienzos de sus fachadas son continuos y sólo se interrumpen, de abajo a arriba, para dejar paso a las seis calles que a la plaza asoman.

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Sus cuatro lados llevan el nombre de la Panadería, de Mercaderes de Paños, de la Carnicería y del Peso Real. Toda la planta baja lleva soportales sobre pilares de granito, en solución adintelada excepto el frente que corresponde a la Casa de la Panadería que lleva arcos, cuya fachada también es diferente al resto de las que forman la plaza. Estas alcanzan cuatro alturas más una última planta vividera bajo cubiertas, ligeramente retranqueada.

La Real Casa de la Panadería, al contrario, sólo tenía tres plantas pero su fachada quedaba más realzada por las dos torres que la flanquean con sus respectivos chapiteles. Aún habría de sufrir, nuestra Plaza, dos nuevos incendios: uno en 1672, que determinaría la transformación de la Casa de la Panadería, con la presencia de elementos más propiamente barrocos debidos a José Donoso, y el decisivo de 1790, en el que intervendría Juan de Villanueva.

Este hizo un proyecto de regularización total de la plaza, cerrando las calles aunque sin interrumpir el paso bajo arcos, creando una imagen similar a la de la Casa de la Panadería en la de las Carnicerías, e introduciendo ligeros cambios que afectarían a las calles próximas, prolongándose las obras hasta bien entrado el siglo XIX.

Ya en el reinado de Isabel II se introdujo un cambio sustancial en la Plaza, al colocar la imagen ecuestre de Felipe III en el centro. Todo ello determinaría, en definitiva, el relevo del modelo vallisoletano, de forma que las futuras Plazas Mayores tendrán como referencia la madrileña.

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Hoy en día, la Plaza Mayor es uno de los lugares más emblemáticos de Madrid y uno de los favoritos de madrileños y turistas. La plaza sigue siendo el escenario de muchos de los eventos más importantes de la ciudad. La mezcla de madrileños, turistas, comerciantes, paseantes, curiosos etc., hacen de la Plaza Mayor un lugar único donde la tradición convive con la modernidad. Un teatro urbano en el que cada visitante de la Plaza es protagonista de su propia historia.

Precisamente, este año celebramos el IV Centenario de esta Plaza Mayor. Por nuestra plaza ha pasado la historia de Madrid de los últimos cuatrocientos años de vida. El programa de actividades previsto, tiene como objetivo convertir este espacio urbano en un escenario privilegiado, lleno de vida, en el que van a tener lugar los acontecimientos culturales más relevantes de la Capital de los próximos meses.


BIBLIOGRAFÍA

  • ESCOBAR, Jesús., La Plaza Mayor y los orígenes del Madrid Barroco. Donostia-San Sebastián, Nerea, 2007.
  • LÓPEZ CARCELÉN, Pedro., “La Plaza Mayor. escenario de la Villa” en Madrid Histórico, nº 59, sept-oct., 2015, 92-93.
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  • RÍO LÓPEZ, Ángel del., Plaza Mayor de Madrid, cuatro cientos años de historia. Madrid, Ediciones La Librería, 2016.
  • RÍO LÓPEZ, Ángel del., “La Plaza Mayor de Madrid cumple 400 años”, en Madrid Histórico, nº 68, mar-abr., 2017, 45-60.

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