PALACIOS de Madrid. El Palacio Fontalba

Madrid es una ciudad llena de contrastes, con variados intereses, costumbres, inquietudes, necesidades, … Si nos adentramos en su historia urbanística, en el área que constituye el ensanche de nuestra ciudad por el norte, nos encontramos con el paseo de la Castellana que hoy en día constituye uno de los ejes viarios más importantes, cuyo centro -situado en la Plaza de Cibeles- se extiende por el sur, a lo largo del Paseo del Prado hasta la Glorieta de Emperador Carlos V  y, hacia el norte, por el Paseo de Recoletos y la Castellana. Tanto el Paseo del Prado como los de Recoletos y Castellana forman la zona de Madrid que más transformaciones -arquitectónicas, funcionales y demográficas- han experimentado en su historia. 

Plano 1875

Conocido, desde el siglo XIX, como Paseo Nuevo de las Delicias de la Princesa, es una de las avenidas que recorren la ciudad desde la Plaza de Colón hasta el Nudo Norte. Su trazado original correspondía al del antiguo cauce fluvial del arroyo de la Fuente Castellana (fuente que manaba más al norte de la actual plaza del Doctor Marañón), y se prolongaba más allá de dicho canal, hasta los llamados Nuevos Ministerios, donde se situaba el antiguo hipódromo de Madrid. Desde allí se llevó a cabo una prolongación, realizada en tiempos de la II República (1931), hasta llegar casi a los límites del antiguo pueblo de Fuencarral (hoy barrio de Madrid).

En sus orígenes era una vía que, en dirección sur-norte, flanqueaba la ciudad de Madrid a través de dos paseos: el del Prado y el de Recoletos. La prolongación hacia el norte de este eje Prado-Recoletos se planteó ya, a mediados del siglo XVIII, durante la regencia de María Cristina de Borbón, viuda del rey Fernando VII, y madre de Isabel II, debido fundamentalmente a las “estrecheces” que tenía Madrid en aquel entonces. La Villa y Corte estaba rodeada por la cerca mandada construir por Felipe IV en 1656. Esto impedía que la ciudad creciese y se extendiera, a pesar del aumento de población que se registró a lo largo de doscientos años.

Sería a fines de este siglo, cuando el político ilustrado, Gaspar Melchor de Jovellanos, presentó un extenso informe sobre la necesidad de ensanchar la capital, pero no se llevaría a cabo hasta 1868, año en el que se derribó la cerca, lo que supuso dar salida a cuarenta y dos calles que partían del centro, entre ellas el propio paseo de la Castellana.

Madrid 1905-1900

En 1846, el Gobierno encargó un proyecto de ensanche al ingeniero Juan Merlo, quien realizó un plano de los nuevos límites de Madrid. Sin embargo, un año más tarde sería rechazado por el Ayuntamiento porque, a juicio del entonces concejal Mesonero Romanos, antes de extender la ciudad había que reestructurarla. El Ayuntamiento propuso reconstruir las casas bajas y añadirlas un piso superior, con lo cual, la ciudad no necesitaba un plan de ensanche mientras pudiera crecer hacia lo alto en lugar de hacerlo hacia lo ancho. No obstante, el aumento progresivo de la población obligó a tomar medidas urgentes con el fin de establecer un ensanche en la ciudad. Ya en 1858, el Gobierno encargó al ingeniero y arquitecto Carlos María de Castro un nuevo proyecto, el cual sería aprobado dos años más tarde. El “Plan Castro” consistía en trasladar los límites más lejos, pero dejando la ciudad en un espacio cerrado, impidiendo con ello su expansión, más allá del mencionado paseo.

Carlos María de Castro, en su “Memoria descriptiva del Anteproyecto de Ensanche de Madrid”, publicada en 1860, explicaba que las distintas clases sociales exigían una vivienda con las debidas condiciones de salubridad, comodidad, etc., al alcance de las respectivas posibilidades económicas, esperando que todo ello estuviera integrado en el Ensanche propuesto.

En el proyecto, Castro divide las zonas “en áreas diferenciadas según fuera la posición y medios de fortuna de sus habitantes”. El barrio destinado a la aristocracia lo situó entre la calle Almagro y el paseo de la Castellana. El hecho de que el propio Castro comprase un solar en la calle Fernando el Santo número 16, para construir su vivienda, demuestra la importancia de este barrio residencial aristocrático. Para la mediana burguesía, Castro propuso otra zona, contigua al anterior, el Barrio de Salamanca; los barrios obreros los situó al Norte y al Este de la ciudad y, por último, la zona industrial la ubicó en el Sur. Madrid se dividió entonces en: Casco Antiguo, Ensanche y Extrarradio, y el paseo de la Castellana se convirtió en el eje de conexión entre las tres zonas.

Además de estas obras de ampliación, en Madrid se realizaron cambios de gran envergadura entre los que cabe señalar: el proyecto y construcción de la “Ciudad Lineal” de Arturo Soria, la apertura de la Gran Vía, la construcción del ferrocarril metropolitano, incorporación de la Casa de Campo y de los Montes del Pardo, así como el proyecto y construcción de la Ciudad Universitaria y colonias residenciales, entre otros muchos proyectos.

De todos ellos, el de la Gran Vía fue el más importante, ya que se seccionó la parte más densa del viejo casco, poniendo en comunicación el Ensanche burgués con la Puerta del Sol. Los antiguos centros estáticos de la ciudad, como la Plaza Mayor y la Puerta del Sol, darán paso a un nuevo centro dinámico que va a monopolizar hasta hoy en día la función comercial, terciaria y bancaria, siendo la base de uno de los tres lados del “triángulo financiero de Madrid”. De esta forma, la imagen de la villa vieja dará lugar a una nueva y verdadera ciudad industrial y de servicios.

Así como Madrid se modernizaba, también las clases más acomodadas, entre las que se encontraba la aristocracia y la nobleza -que se habían instalado históricamente en el centro de la villa-, decidieron trasladarse ahora a las zonas periféricas. Razón esta por la que se llegaría a construir un número destacado de palacios precisamente en la Castellana. El nuevo tramo, recién urbanizado, pasará a llamarse Paseo de Isabel II o de la Fuente Castellana, y los palacios, residencias, hoteles y jardines se levantarían con asombrosa rapidez.

Junto a esta clase privilegiada, una burguesía madrileña -que había obtenido grandes fortunas con la Bolsa, el comercio, el ferrocarril, la banca y con la compra de tierras- elige el eje Recoletos-Castellana para levantar sus palacios y hoteles que alternan, a su vez, con espléndidas casas de vecindad. Se prefieren las comodidades que proporciona el vivir en el Ensanche frente a la ventaja que suponía hacerlo en zonas próximas a la Puerta del Sol. El denominador común de estos palacetes y hoteles fue su carácter aislado, lo que permitió poder rodear las casas con jardines, cosa que era imposible en el casco antiguo. Se extiende la costumbre de alinear la fachada principal al paseo de la Castellana, separada de éste, en la mayoría de los casos, por una verja y un jardín, localizándose en la parte posterior las cuadras y las caballerizas.

Surge, ahora, la llamada arquitectura del Novecientos y los palacios comienzan a imitar el estilo francés, tanto en la construcción como en la decoración. Esta corriente, claramente definida, la inicia el duque de Santo Mauro, quien en 1902, levanta en la calle de Almagro número 36, su residencia. Continuaron este estilo los desaparecidos palacios del duque de Montellano, el del duque de Aliaga y el del marqués de Portugalete.

Hubo tres tipos diferentes de palacetes: el primero surgido hacia 1860 fue el “neo-palladiano” o tipo “italiano”, el más utilizado en el paseo de la Castellana; el “inglés”, y por último, el “palacete edificado en esquina”. La casa “palladiana” fue la más utilizada porque era el estilo más clásico y aprovechaba el máximo volumen en la mayor superficie exterior, sin embargo, en la década de los setenta se hace notar la influencia francesa, para más tarde abandonarla por un eclecticismo dominante en toda la arquitectura madrileña de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Entre los jardines construidos en torno a estas viviendas, predominaban, en un principio, los de “tipo geométrico tradicional”, formado por cuatro parterres en torno a una fuente. Hacia 1870 se impone el nuevo estilo de “paisajistas”, consistente en unos jardines pequeños y curvos. Muchos de ellos tenían un invernadero donde en ocasiones, celebraban fiestas. El estallido de la Primera Guerra Mundial, trajo consigo numerosos cambios estructurales, poniendo punto final a esta arquitectura del Novecientos, antes de que se consiguiera consolidar.

Con el tiempo, esta zona residencial irá desapareciendo poco a poco. Muchos de los palacios fueron derribados, precisamente en los años setenta del siglo XX, y en su solar se levantaron nuevas casas de pisos, otros fueron alquilados o vendidos, y transformados en centros oficiales. Como dato, baste decir que a principios de esta centuria, existían aproximadamente unos treinta y cinco palacios y hoteles. Actualmente sólo quedan en pie ocho.Palacio Fontalba (dibujo)

Uno de estos palacios de la alta burguesía adinerada madrileña, fue el del marqués de Fontalba o Palacio Fontalba. Situado en el número 17 del paseo de la Castellana, este palacio fue construido en 1912, según el diseño del arquitecto José María Mendoza y Ussía y, en el también colaboró, José de Aragón y Pradera, siendo premiado por el Ayuntamiento dos años más tarde. En el mismo lugar, pero en fecha anterior a su construcción, hubo aquí un parque de recreo veraniego, que se abrió para suplir la pérdida de los jardines del Buen Retiro, a principios de siglo.

Corresponde al prototipo de “palacio neo-palladiano” de clara influencia italiana. Fue concebido como un edificio exento, de forma rectangular, con un patio central, y un jardín especialmente destacado en su ornamentación en la parte del paseo de la Castellana donde está situada la entrada principal.

Planta edificio Fontalba

El conjunto de su fachada consta de tres cuerpos, uno central destacado y dos laterales, todos ellos divididos en tres niveles rematados por una cornisa y una balaustrada coronada con jarrones, pináculos y un gran escudo en el centro.

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El acceso al edificio se realiza en planta baja, a través de un cuerpo central donde se disponen tres grandes vanos. En el primer piso de este cuerpo había una “loggia” o galería cubierta cuyo vano central estaba flanqueado por dos pares de columnas jónicas apoyadas sobre ménsulas. Esta “loggia” fue más tarde suprimida.

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En los dos cuerpos laterales, divididos también en tres niveles, se alinean simétricamente tres vanos con ventanas rematadas con frontones rectos, triangulares y curvos.

La distribución interior del edificio es habitual en este tipo de casas-palacio: tiene tres plantas en las que se distribuía la actividad de la familia, su representación social y la infraestructura doméstica, todo ello en torno a un patio destacado -en cuanto a su decoración y disposición en planta-, el cual se ilumina con luz cenital a través de una gran vidriera.

En planta baja, se encuentra la zona de representación social que tendría la familia y, además del acceso directo desde el jardín de la entrada principal, y de las habitaciones de recibo situadas en torno al patio central (gran salón, despacho, comedor y billar), había una capilla con sacristía, un dormitorio y el office contigo al comedor.

Del lado contrario al de la entrada principal, parte una escalera de exquisito trazado arquitectónico y ornamental que conduce a la primera planta donde se situaban los dormitorios de la familia y de los huéspedes, así como los baños y tocadores, y un cuarto de armarios. El dormitorio de los marqueses se abría a la loggia -ya mencionada- que posteriormente quedaría reducida a tres grandes ventanales sin voladizo.

En el piso superior, bajo la cubierta, estarían dispuestos los dormitorios de los criados y sirvientes de los marqueses.

Inicialmente el palacio estuvo totalmente exento y rodeado por un amplio y cuidado jardín, hasta que en 1931-1932 se llevó a cabo una ampliación que añadió un nuevo cuerpo al edificio a lo largo de la calle Fortuny, dedicado a viviendas de alquiler con comercio en la planta baja. En febrero de 1944, el Ministerio del Ejército compró la finca para instalar en ella el Consejo Supremo de Justicia Militar.

Después de más de cuatro décadas, durante los cuales se respetaron sus valores primigenios, pasó a ocupar el palacio la Fiscalía General del Estado, en 1991, siendo rehabilitado el inmueble en 1997 y nuevamente en 2006.

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BIBLIOGRAFÍA

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  • GONZÁLEZ-VARAS IBÁÑEZ, Ignacio., Los palacios de la Castellana: historia, arquitectura y sociedad. Madrid, Turner,  2010.
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